sábado, 19 de febrero de 2011

El Bótox… una película de terror

La adicción a este auxiliar estético que suprime las arrugas, genera millones de rostros gélidos, sin expresión… en el cine, es ya una tragedia

A Martin Scorsese le cuesta cada vez más encontrar actrices que transmitan emociones en los planos cortos. El director de cine estadounidense se ha declarado contrario al efecto que conlleva el abuso del botox y de los lifting que bombardean cualquier atisbo natural de comunicación no verbal. En Hollywood la plasticidad de las caras retocadas empieza a ser un inconveniente más que un bálsamo estético.
La batalla para parecer eternamente joven en un mundo cada vez más competitivo no solo atañe al ámbito del espectáculo, también se libra en la calle, aunque los hombres y las mujeres, huyen ya de los excesos y buscan una aparente naturalidad. ¿Pero cuál es el precio de parecer más jóvenes? ¿Cuál es la edad que se quiere aparentar?

Las personas cada vez viven más años. En España, la esperanza de vida se ha elevado hasta los 78,55 años en los hombres y 84,56 para las mujeres en 2009. Además, la crisis del modelo social actual, que los expertos hablan de cambiante, líquido, instalado en lo reversible, lo provisional, hace un buen maridaje con las cirugías estéticas no invasivas. Se trata del ahora me pongo, ahora me quito. La creencia de que la felicidad consiste en tener un buen aspecto físico está muy implantada. Según los expertos, la sociedad occidental tiene sobrevalorados la juventud y el culto al cuerpo.

Testimonios de mujeres famosas y de a pie que empiezan a mostrar signos de arrepentimiento por la falta de expresividad en sus rostros tras hacer uso de infiltraciones de la toxina botulínica, más conocida como botox, evidencian una tendencia a la reflexión y abren un debate sobre la necesidad de verse jóvenes sin perder el valor de la expresión.

La actriz Nicole Kidman confesó hace poco en público que no solo había sido una asidua a las inyecciones de botox, sino que estaba arrepentida y que “no le había gustado el efecto”. La cantante Sharon Osbourne, esposa de Ozzy Osbourne, ya renegó hace un par de años de su adicción al botox. Llegó a decir que le daba miedo acabar como “esa gente que parece que tiene el rostro planchado y congelado”.

Casi todo el mundo está ya familiarizado con el botox. La toxina botulínica es uno de los tratamientos antienvejecimiento más demandados actualmente. Se aplica principalmente en la mitad superior del rostro, el entrecejo es una de las zonas más habituales. Según los especialistas, esta sustancia paraliza temporalmente los músculos evitando que se contraigan, de esta forma, se previene la formación de arrugas y las existentes se suavizan hasta ser casi inapreciables. Pacientes y cirujanos lo recomiendan porque, según dicen, no requiere preparación ni cuidados posteriores, no es doloroso y no deja cicatrices. Y además, es más barato que el lifting.

No hay nada nuevo en el hecho de que las personas expuestas al público se retoquen, tampoco hay nada nuevo en que el resto de mujeres y hombres sigan los cánones de belleza que marcan el cine y la televisión. Lo que sí está cambiando es que cada vez se hace a una edad más temprana. Según un estudio realizado por la Sociedad Española de Cirugía Plástica, Reparadora y Estética (Secpre), el 43% de las intervenciones quirúrgicas se realizaron a pacientes de 30 a 44 años, el 35% a aquellos de más de 45 y el 22% restante, a los menores de 30. En EE UU, el 20% de las pacientes tiene menos de 34.

El auge del lifting en los años ochenta y noventa, cuando evolucionaron las técnicas quirúrgicas agresivas para modificar los signos de la vejez a edades entre los 60 y 65 años, dio paso a fórmulas menos invasivas, como el botox, que según los expertos ha revolucionado la cirugía estética en los últimos 20 años. Hoy, crece el uso de materiales de relleno, aplicaciones con láser, mesoterapia y radiofrecuencia, técnicas menos invasivas con el cuerpo pero que buscan lo mismo: detener el paso del tiempo.

La silicona, el botox y las liposucciones siguen siendo reclamo aunque han descendido con la crisis económica. España es uno de los países que más operaciones de estética efectúa, por detrás de Argentina, México y EE UU. Las cirugías faciales representaron en 2009 el 41,6% de las 105.000 operaciones de estética que se hicieron en España el año pasado, y en nueve de cada diez operaciones de cirugía la operada era una mujer. La cifra representa aproximadamente un 27% menos que el año anterior, según la Secpre.

Mientras el lifting baja, el botox sube porque es mucho más económico; 400 euros la sesión frente a los 9.000 o 12.000 euros del lifting. Aunque el botox requiere de retoques cada seis meses. Las clínicas ingresaron unos 106 millones de euros por las cirugías plásticas en 2009, lo que supone más de 1.000 euros por cada una, sin contar los honorarios de los médicos, que pueden ser parecidos a esa cifra o seis veces más altos.

Los cirujanos juegan la baza de que la satisfacción con el aspecto físico supone un beneficio para las personas en muchos ámbitos de la vida. “Por eso, carece de sentido pensar en ella como una aplicación frívola o secundaria ya que como hemos visto, la apariencia física supone un elemento central en el bienestar de las personas”, opinan en la Secpre.

Hay una frase recurrente en las consultas de cirugía plástica: “Que sea natural”. Los pechos exagerados y los labios abultados son ya historia frente a la búsqueda de resultados más naturales y sutiles. Para el cirujano plástico Jaume Masià, la cirugía es cuestión de coherencia. El responsable de la Unidad Avanzada de Reconstrucción Mamaria, Microcirugía y Linfedema de la Clínica Planas, en Barcelona, cree que hace tiempo que se ha demostrado que los cirujanos plásticos no tienen una varita mágica. “Tener 50 años y querer aparentar 20 no funciona porque se ha visto que se pierde la naturalidad cronológica. Sí es verdad que antes se abusaba con los excesos. Se trata de mejorar y optimizar cada momento en la vida de las personas y que se sientan mejor consigo mismas”, explica Masià, recientemente nombrado presidente de la Secpre.

El cirujano plástico Juan Peña lleva 30 años ejerciendo la profesión, intentando lograr resultados naturales en sus pacientes. Trabaja en el Hospital San Rafael de Madrid, además de tener una consulta privada. Asegura que todos los excesos son malos porque el sentido de la belleza es la armonía. “El criterio del médico es fundamental. Saber decir que no a un paciente a tiempo es una victoria, la fama no te la dan los pacientes que operas sino los que rechazas”.

Aunque todo el mundo sueña con la naturalidad, es la “apariencia” de la naturalidad. Joana Bonet, directora de la revista Marie Claire y colaboradora del programa Hoy por hoy de la Cadena SER opina que se trata de una falsa naturalidad. “Se ha idealizado porque vivimos en pleno apogeo del juvenismo. Ese elogio hacia la juventud se ha convertido en un icono, cuando en los años sesenta y setenta se proyectaba la belleza como imagen de la madurez y equivalía a plenitud. Ahora se vive una presión social para parecer joven. Vivimos implantados en esa impostura que por otro lado se justifica por el alargamiento de la esperanza de vida”.

Adriana, nombre ficticio, tiene 37 años y hace un año y medio probó a inyectarse botox encima de la ceja. Le gustó el efecto porque fue mínimo y por eso hace un mes repitió en un centro de estética de Madrid. Pero no resultó igual y se arrepintió desde el momento en que no sentía la frente. “Tengo la sensación de que se me ha hecho el ojo más pequeño. La gente me dice que no se nota mucho pero yo lo noto, pierdes expresividad. Hay que tener cuidado con esto porque hay gente que tiene mucho vicio y se les queda la misma cara ría, llore o esté seria. Eso me horroriza”.

A la Asociación del Defensor del Paciente llegan reclamaciones de personas que se han arrepentido porque no era lo que esperaban o porque quieren reclamar por negligencia, como por ejemplo por una parálisis facial. La presidenta de la asociación, Carmen Flores, advierte de la importancia de acudir a centros especializados para evitar prácticas poco ortodoxas. “La Administración debería tener un mayor control, porque las inyecciones las está poniendo gente que no son cirujanos, hay mucho intrusismo”, dice.

Recientemente, el cirujano facial británico Norman Waterhouse, ex presidente de la Asociación Británica de Estética y Cirujanos Plásticos aseguraba en The Guardian que el rostro edad cero, es un efecto del abuso de las cirugías. “El uso de sustancias de relleno expande la piel. Si uno las usa demasiado, a medida que desaparecen necesita más de ellas para cubrir los espacios y así es como uno queda atrapado en el ciclo botox”. Un dato: un 3% de los pacientes que acuden a un cirujano se convierten en consumidores de cirugía estética.

Los especialistas dicen que la cirugía debe servir para mejorar la autoestima o para superar complejos, nunca para parecerse a otra persona. Mientras la mayoría de la gente que se expone públicamente utiliza estos tratamientos, entre el gran público sí que hay una tendencia hacia la naturalidad, hacia la belleza natural y responsable. Esto se empieza a ver con el movimiento que se ha levantado contra el uso del photoshop y los retoques fotográficos. “Corremos el peligro de convertirnos en una sociedad con una iconografía muy hierática, con rasgos muy estandarizados, con falta de matiz, de riqueza gestual y expresiva que es lo más dramático del abuso de la cirugía plástica y estética”, dice Joana Bonet.

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